“… Otros refieren de otro modo la historia.
En el
mundo no puede haber dos cosas iguales;
bastó
(nos dicen) que el poeta pronunciara
el
poema para que desapareciera el palacio,
como
abolido y fulminado por la última sílaba…”
Jorge Luis Borges, “El hacedor”,
Biblioteca Argentina La Nación, Buenos Aires, 2001
En nuestra actualidad encontramos algunos temas de
profunda importancia, no sólo en el campo de la política, de la
información, del urbanismo y del arte actual, sino también de las
nuevas tecnologías que requieren un mapa acotado, aunque no poco
revelador, de un contexto apabullante que parece impulsar a los
televidentes tanto a cierta pasividad manipulable como a la reacción
violenta.
En los
últimos 20 años el “en vivo” se ha apropiado del mapa como
escenario distópico. Surge un estallido de lo individual; una
“enfermedad histórica”, nos dice Vattimo, parafraseando a
Nietzsche:
[1]
"… una suerte de
desencanto parecería envolvernos hoy a quienes habíamos participado
de antiguas batallas llenos de hermosas banderas pletóricas de
futuro. Esta hora parece estar cargada de desencantos y de
humillantes “realismos”…”
[2]
Así parece expresarse la preocupación actual por el
acontecer diario y una realidad que nos
incluye. Señalamos:
somos constructos sociales e históricos. Buscando alguna
analogía entre ese cercano pasado y la actualidad,
intentaremos traducir cómo en el transcurso de este siglo
XXI y en
ésta, nuestra “sociedad transparente” parece darse
cierta reacción del individuo con, y hacia, lo audiovisual.
Es de notorio conocimiento que la gran mayoría de los sucesos en las
ciencias de la comunicación, -desde los albores de las diversas
revoluciones industriales y tecnológicas-, fueron usadas por los
Estados,
o bien por los movimientos del capital, en función de
regularizar/perfeccionar el aparato bélico e imperialista.
Un claro ejemplo, es el efecto que produce la actual situación por la que atraviesa el imperio norteamericano: sus emanaciones generan, por un lado, cierto avance de independencia ideológica y geopolítica en sus Estados y ciudadanos; y, por otro lado, es desde estas mismas complejidades culturales que se despliega internacionalmente su hegemonía (mainstream). [3]
A su vez la posmodernidad alcanzó su mayor auge en las últimas décadas, haciendo posible un distanciamiento entre información y conocimiento: no es lo mismo “estar al tanto de…”, que ubicarse críticamente ante la situación. Hay un desacuerdo subversivo en el intelectual; aquello que Kant señalaba, en una anterioridad sistemática, a través de sus expresiones: conocer mundo y tener mundo. [4]
Y que luego, ya en la modernidad, Foucault ubicará en términos de “conocer y ocuparse de uno mismo”, en el modo en que un individuo actúa sobre sí mismo, dentro de ciertas “tecnologías del yo”. [5] Cuidados a los que no es, ni puede ser, ajeno el artista.
Tomemos como ejemplo al género audiovisual: aquí
hablaremos de un amplio y difuso campo que refiere a la
producción y a la transferencia de contenidos referidos/desplazados
a la imagen.
Ahora, mediante una sofisticación en el diseño animado, ingresamos
en esta “nuestra” era digital. Este hecho evoca la
nueva complejidad en el proceso comunicacional, y se ha debido
fundamentalmente al cambio de señal introducido vía informática,
no existente en los anteriores medios audiovisuales (el cine,
la televisión y el video).
Una breve reseña
(¿parcial?) de este acondicionamiento del cambio sobre el modelo
analógico al digital
(permitiendo más señales por el mismo canal, y
entre señales no homogéneas entre si)
es la desarrollada por Bettetini: “… El mundo ha sido empaquetado …”
y, por
consiguiente, ha transformado tecnológicamente el ejercicio
comunicativo.
[6]
Si bien los medios son instrumentos neutros -a nivel
expresivo e intencional en sí mismos-, y se apoyan en la repetición
y coordinación de determinadas circunstancias (relacionando medio y
espectador, contemplando los factores receptividad / tiempo / lugar)
ellos son, a su vez, luego utilizados intencionalmente -muchas
veces equivocada o malamente-, dentro de la enseñanza, la publicidad
y otros medios de comunicación masivos.
En este sentido, una crítica interesante
resulta analizar, no tanto el aspecto expresivo de la
creación audiovisual sino su intención contradictoria: nos referimos
a la propiedad de comunicabilidad y a su poder de “transferencia”.
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