jueves, 19 de junio de 2014

“… Otros refieren de otro modo la historia.
En el mundo no puede haber dos cosas iguales;
bastó (nos dicen) que el poeta pronunciara
el poema para que desapareciera el palacio,
como abolido y fulminado por la última sílaba…”

Jorge Luis Borges, “El hacedor”,
Biblioteca Argentina La Nación, Buenos Aires, 2001

 
En nuestra actualidad encontramos algunos temas de profunda importancia, no sólo en el campo de la política, de la información, del urbanismo y del arte actual, sino también de las nuevas tecnologías que requieren un mapa acotado, aunque no poco revelador, de un contexto apabullante que parece impulsar a los televidentes tanto a cierta pasividad manipulable como a la reacción violenta.

 

En los últimos 20 años el “en vivo” se ha apropiado del mapa como escenario distópico. Surge un estallido de lo individual; una “enfermedad histórica”, nos dice Vattimo, parafraseando a Nietzsche: [1]

"… una suerte de desencanto parecería envolvernos hoy a quienes habíamos participado de antiguas batallas llenos de hermosas banderas pletóricas de futuro. Esta hora parece estar cargada de desencantos y de humillantes “realismos”…” [2]
 

Así parece expresarse la preocupación actual por el acontecer diario y una realidad que nos incluye. Señalamos: somos constructos sociales e históricos. Buscando alguna analogía entre ese cercano pasado y la actualidad, intentaremos traducir cómo en el transcurso de este siglo XXI y en ésta, nuestra “sociedad transparente” parece darse cierta reacción del individuo con, y hacia, lo audiovisual. Es de notorio conocimiento que la gran mayoría de los sucesos en las ciencias de la comunicación, -desde los albores de las diversas revoluciones industriales y tecnológicas-, fueron usadas por los Estados, o bien por los movimientos del capital, en función de regularizar/perfeccionar el aparato bélico e imperialista.


Un claro ejemplo, es el efecto que produce la actual situación por la que atraviesa el imperio norteamericano
: sus emanaciones generan, por un lado,  cierto avance de independencia ideológica y geopolítica en sus Estados y ciudadanos; y, por otro lado, es desde estas mismas complejidades culturales que se despliega internacionalmente su hegemonía (mainstream). [3]


A su vez la posmodernidad alcanzó su mayor auge en las últimas décadas, haciendo posible un distanciamiento entre información y conocimiento: no es lo mismo “estar al tanto de…”, que ubicarse críticamente ante la situación. Hay un desacuerdo subversivo en el intelectual; aquello que Kant señalaba, en una anterioridad sistemática, a través de sus expresiones: conocer mundo y tener mundo. [4]


Y que luego, ya en la modernidad, Foucault ubicará en términos de “conocer y ocuparse de uno mismo”, en el modo en que un individuo actúa sobre sí mismo, dentro de ciertas “tecnologías del yo”.
[5] Cuidados a los que no es, ni puede ser, ajeno el artista.

 

Tomemos como ejemplo al género audiovisual: aquí hablaremos de un amplio y difuso campo que refiere a la producción y a la transferencia de contenidos referidos/desplazados a la imagen. Ahora, mediante una sofisticación en el diseño animado, ingresamos en esta “nuestra” era digital. Este hecho evoca la nueva complejidad en el proceso comunicacional,  y se ha debido fundamentalmente al cambio de señal introducido vía informática, no existente en los anteriores medios audiovisuales (el cine, la televisión y el video).


Una breve reseña (¿parcial?) de este acondicionamiento del cambio sobre el modelo analógico al digital (permitiendo más señales por el mismo canal, y entre señales no homogéneas entre si) es la desarrollada por Bettetini: “… El mundo ha sido empaquetado …” y, por consiguiente, ha transformado tecnológicamente el ejercicio comunicativo. [6]


Si bien los medios son instrumentos neutros -a nivel expresivo e intencional en sí mismos-, y se apoyan en la repetición y coordinación de determinadas circunstancias (relacionando medio y espectador, contemplando los factores receptividad / tiempo / lugar) ellos son, a su vez, luego utilizados intencionalmente -muchas veces equivocada o malamente-, dentro de la enseñanza, la publicidad y otros medios de comunicación masivos. En este sentido, una crítica interesante resulta analizar, no tanto el aspecto expresivo de la creación audiovisual sino su intención contradictoria: nos referimos a la propiedad de comunicabilidad y a su poder de “transferencia”.

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